Cota de Mallas, y verdugo.
Realizada con solidos anillos sin junturas. Las mallas europeas solian ir remachadas: cada anillo tenia un extremo aplanado y estaba unido al siguiente por un remache.
Hecha en acero al carbono, con anillas perfectamnete enganchadas, ideal para batallas, replicas, recreaciones, disfraces. Muy barata para reenactors.
esta armadura fué hecha por artesanos de Toledo, hecha completamente a mano, confortable de poner a pesar de su impresionante peso, cerca de 10 Kg..
Verdugo que aparece en la foto no incluido.
Disponible en acero y aluminio, consultar otras opciones.
Tallas únicas
Evolución de la armadura.
Desde la más remota antigüedad, el hombre ha tratado de encontrar el medio más eficaz para defenderse de los ataques enemigos en los combates que siempre han acompañado a la historia de la humanidad. Las primeras y rudimentarias piezas de defensa estaban destinadas a proteger las partes del cuerpo más vulnerables o aquellas en las que las heridas podrían poner en peligro de una manera más directa la vida del guerrero. Así, lo primero que se protegió fueron, como es lógico pensar, la cabeza y el tronco por medio del casco y la coraza. Las primeras referencias que se tienen sobre ello son los camisotes de piel de búfalo guarnecidos con escamas metálicas de los soldados asirios que bien llegaban hasta las caderas o hasta los pies, según fueran armados a la ligera o de manera más completa, especialmente los jinetes. También de esta época pueden datarse las primeras espinilleras, que cubrían la parte anterior de las piernas. En el antiguo Egipto se utilizaron pieles de cocodrilo y cascos de cuero endurecidos con refuerzos de bronce.
La protección de la cabeza se inició desde muy temprano más por el hecho de que ésta sobresalía del escudo, la principal pieza defensiva dentro del armamento antiguo, que por una necesidad específica. No obstante, el casco pronto experimentó una rápida evolución debido tanto a la utilización de los metales como por la proliferación de adornos; el casco era la pieza distintiva del guerrero, y ésta fue pronto adornada con toda una serie de ingeniosos remates cuando la pretensión del combatiente era, sobre todo en el caso de los que ostentaban el mando, destacar entre los demás. Con la llegada del bronce los cascos no sólo se reforzaron con este metal, sino que a veces se remataban con otros materiales, como los colmillos de animales, como pueda ser el caso del jabalí en la civilización micénica. Los colmillos eran cortados longitudinalmente, lo que suponía una protección eficaz y de poco peso.
Hacia el siglo XV a.C. comienzan a aparecer armaduras rudimentarias que cubrían el torso, elaboradas con pieles de animales a las que se cosían pequeñas piezas de bronce; fueron denominadas armaduras de lorigas o escamas. También comenzaron a utilizarse unas toscas espinilleras de láminas metálicas que cubrían parte de las piernas, o un cinturón ancho que protegía el abdomen.
En el antiguo Egipto, hacia el primer milenio a.C., los camisotes, que eran una evolución del cinturón antes citado y que se extendía desde las axilas hasta las rodillas y se sujetaba a los hombros con correas, se elaboraban con cuero, reforzados a veces con acolchamientos, anchas láminas metálicas en el pecho e, incluso, escamas de bronce de más de veinte centímetros de anchura; los guerreros usaban, además, espinilleras y aros de metal que, por primera vez, cubrían los brazos. Desde Egipto se generalizaron estas protecciones hacia todo el Oriente Próximo, de manera que fueron también utilizadas por los persas, partos y sármatas.
En Siria, hacia el siglo XV a.C., se reforzó el traje típico, una camisa con mangas, mediante escamas de bronce, y fue utilizado como armadura por aquellos combatientes que, al ir subidos en carros y tener las dos manos ocupadas, no podían sostener un escudo; las escamas se cosían a una tela o se entretejían en hileras flexibles de laminillas. Los cascos, en forma de gorras ajustadas de cobre batido, fueron utilizados por primera vez por los sumerios desde épocas mucho más remotas.
Los griegos perfeccionaron estas rudimentarias armaduras al introducir petos y espaldares de una sola pieza envolvente, bien de forja o elaboradas con planchas de metal montadas unas sobre otras con refuerzos acolchados, además de canilleras que cubrían las piernas, del mismo modo que los etruscos. La protección en la época de esplendor de la civilización griega no incluía la parte superior del cuerpo, la superior de las piernas (cubierta por una falda de tiras sueltas) y el brazo derecho, partes que se suponían a salvo gracias a la habilidad del guerrero en el combate cuerpo a cuerpo y por la protección del escudo, el cual tomaba un protagonismo parejo al de la espada o la lanza, y su uso estaba determinado por un adiestramiento severo, ya que no sólo cubría el brazo izquierdo, sino la zona del corazón. Los "hombres acorazados" u hoplitas combatían en formaciones estrechas, en disciplina de falange de hasta ochocientos soldados al tiempo, cubiertos unos con otros por el escudo del compañero, lo que hizo que evolucionara más rápido la protección del brazo izquierdo, que portaba la espada, que la del derecho, que cubría el escudo.
En Grecia también evolucionó el casco, que fue variando de forma según corría el tiempo; los beocios, por ejemplo, utilizaron la borgoñeta, con yugulares y protección nasal, que protegía casi todo el rostro y el cráneo, adornada con una cresta alta y rematada con una cimera en forma de cruz. Este casco llevó más adelante una visera movible que, al bajarse, cubría completamente el rostro salvo dos agujeros que permitían ver a través de ellos. No obstante, el casco griego más conocido era aquel que cubría todo el cráneo salvo una hendidura en forma de Y para ver y respirar. El casco frigio, por su parte, ajustado a la cabeza, dejaba descubierta la cara, lo que hacía que, evidentemente, fuese más vulnerable. El casco etrusco, por su parte, no tuvo jamás visera, ni yugulares, ni cubrenuca; tan sólo era un capacete semiesférico que se adaptaba al cráneo, muy parecido al casco usado por los iberos, al que se le unía una cresta realizada con dos piezas rectangulares con remaches.
Los iberos utilizaron una armadura de discos que protegían, principalmente, el pecho. Los samnitas, por otra parte, también utilizaron corazas de discos, aunque éstos eran tres y cubrían un área mayor de pecho; no obstante, su evolución en nada tiene que ver con la de los iberos. Los celtas, asimismo, utilizaron un peto que le cubría todo el torso y parte de los hombros, y el casco, en ocasiones, se adornaba profusamente con remates geométricos a los que se le añadían algunas plumas.
En Roma, y debido a la manera de combatir de los distintos oficios del ejército, la infantería ligera (velites), como en el caso de los samnitas y, posteriormente, de los gladiadores, llevaban ocreas en la pierna izquierda, mientras que los hastarios o hastatos las llevaban en la derecha, según fueran una u otra la que adelantaran a la hora del combate. En cuanto al tronco, los romanos utilizaron fundamentalmente la loriga de escamas de metal (aunque también de hueso y de cuerno), que iba cosida con lienzo o cuero por medio de correas o alambres y cubría, además del pecho, la espalda, el vientre, las caderas y los hombros; en el caso de los soldados de caballería pesada, éstos usaban una armadura semejante que les cubría hasta los pies y las manos. Durante la República, la loriga se redujo hasta prácticamente ser sólo un coleto sin mangas que únicamente llegaba hasta las caderas, revestido de una red de menudos y apretados anillos de hierro, mientras que en época imperial se generalizó entre los legionarios una coraza muy flexible formada de anchas laminas de acero que cubrían completamente el tronco y permitían al soldado gran libertad de movimientos. Sin embargo, la pieza de armadura que quizá sea más conocida del Imperio romano fue aquella que, formada por sólo dos piezas (peto y espaldar) que se amoldaban perfectamente al cuerpo, permitía una libertad de movimientos prácticamente ilimitada, y que fue usada por las huestes imperiales en sus conquistas del mundo mediterráneo. Muchas de ellas se adornaban con relieves, dorados y otros adornos, y eran usadas principalmente por los caudillos militares, cónsules o emperadores; en muchos casos, imitaban perfectamente la forma del cuerpo, e incluso exageraban la silueta de los músculos, especialmente en las corazas de los oficiales, buscando impresionar a los guerreros de los pueblos a conquistar. En cuanto al casco, el romano se parecía bastante al etrusco, pero tenía una cubrenuca y yugulares; los centuriones y jefes militares solían distinguirse por una cimera de plumas o crines de caballo.
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