La armadura no desaparece en el final de la Edad Medias, sino que continuo su uso durante el Renacimiento por los hombre de guerra.
Los soldados más modestos estaban satisfechos normalmente con llevar una armadura como esta que estaban hechas de hierro y decoradas como esta.
Se sirve la parte delantera y la trasera.
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Evolucion de la Armadura desde la edad media.
Una de las primeras evoluciones importantes de la armadura surgió de la necesidad de proteger una de las partes del cuerpo más vulnerable en las lorigas, las axilas; así, la loriga de escamas, también llamada coracina o coracilla, fue sustituida, al fin, en toda Europa y hacia el siglo XI por la jacerina o cota de malla, construida con anillos forjados y de un diámetro muy pequeño (incluso menos de cinco milímetros). Era ésta una pieza elaborada con una fuerte base de cuero que se reforzaba con pequeños discos o anillos metálicos que se unían para formar un tejido continuo, ya que cada anillo pasaba por otros cuatro y sus dos extremos se remachaban. Una buena cota de malla podía constar, incluso, de doscientos mil eslabones, lo que explica que la fabricación de éstas fuera costosísima, por lo que estaban tan sólo al alcance de nobles y caballeros muy ricos; su peso aproximado era de once kilos. La cota de malla alcanzó su momento de esplendor hacia comienzos del siglo XIV, cuando el proceso de estirado del alambre abarató el coste de su fabricación e hizo que se generalizaran; este proceso evitó también que fuera necesario una base de cuero para sujetar los anillos de alambre, lo que permitió que la cota fuese una pieza independiente, a modo de camisa, que se vestía desde la cabeza. Parece que la costumbre de abrochar las chaquetas de hombre con el lado izquierdo sobre el derecho nace de la necesidad de vestir la cota de mallas del mismo modo, ya que el lado izquierdo se solapaba sobre el derecho para desviar las puntas de lanza y los golpes de espada, y este modo de cerrarse pasó a otro tipo de prendas.
En el siglo XI se aceptó como técnica de batalla la carga con la lanza acostada, es decir, sujeta bajo la axila derecha, con el lado izquierdo del caballero o el escudo siempre vuelto hacia el enemigo. Esta postura hizo necesario el ajuste del escudo que, de su primitiva forma oval pasó a tener una silueta más estilizada, con la parte inferior más alargada y en forma de punta, lo que protegía al guerrero desde los ojos hasta las rodillas y le obligaba, por otra parte, a adoptar una postura muy rígida. Al desarrollarse el visor del casco, la parte superior del escudo se cortó en línea recta, mientras que la inferior también se vio recortada cuando se desarrollaron las protecciones para las rodillas y espinilleras de placas.
No obstante, y a pesar de que la cota de malla ofrecía una protección muy eficaz ante espadas, puñales y flechas, nada podía hacer contra un golpe contundente (con una maza, por ejemplo), además de las dolorosas heridas que causaba dicha cota al ser golpeada y herir la carne. Tampoco servía contra la mayor penetración de los proyectiles que, ante el perfeccionamiento de las técnicas mecánicas y metalúrgicas, eran lanzados por cada vez mejores tipos de arcos y, sobre todo, ballestas. Ante esta tesitura, y a pesar de que ésta fuera la principal pieza de defensa hasta comienzos del siglo XIII, los combatientes demandaban una vestimenta que no sólo les protegiera de los cortes, sino también de los golpes, por lo que poco a poco fueron creándose protecciones hechas de fuertes chapas metálicas (launas) que aumentaban la eficacia de la defensa, al desviar las puntas de lanzas y los citados proyectiles, haciéndolos resbalar por su superficie cuando el ángulo de incidencia fuese pequeño. El metal, por otra parte, fue también poco a poco mejorándose hasta llegar al acero templado, más resistente y fácilmente modulable en la forja. Nacieron así las armaduras de placas, fabricadas artesanalmente por maestros armeros que martilleaban las chapas para más tarde calentarlas en una fragua y, posteriormente, dejarlas enfriar; las distintas piezas se iban forjando a partir de unos moldes realizados a tal efecto.
La primera pieza metálica completa que se extendió fue el peto, aunque el guardabrazo, por otro lado, experimentó también una gran evolución al adaptársele láminas articuladas que facilitaban el movimiento de las articulaciones, mientras que el rostro se protegía con el varaescudo y el cuello con la gola. El peto se hizo cada vez más corto para facilitar los movimientos del caballero mientras cabalgaba, lo que dejó el estómago al descubierto; esta carencia fue suplida por una serie de piezas articuladas denominadas faldar. No obstante, las caderas quedaban también al descubierto, por lo que se inventaron unas piezas que las cubrían llamadas escarcelas. La entrepierna, que también quedaba desprotegida, fue protegida por la carajera.
Como adorno, y para paliar el efecto del calor, sobre todo a partir de la segunda cruzada, comenzaron a utilizarse una sobrevesta o cota de armas sin mangas a la que se ceñía el talabarte, de donde pendía la espada; pronto esta sobrevesta, al igual que el casco y el escudo, se adornó con signos y figuras que servían de distintivo al caballero frente a los demás, y que pronto comenzó también a tener una significación heráldica, en lo que vino a denominarse el escudo de armas (el de los cruzados, por ejemplo, era blanco con una gran cruz roja sobre el pecho). Para que tampoco se produjeran rozaduras en el rostro o en el cuello del caballero, éste vestía una gorra o capucha de paño acolchada cuyas puntas se anudaban debajo de la barba; esta prenda podía ser teñida con los colores favoritos del caballero, colores que pronto pasaron también a formar parte del escudo. Del mismo modo, los lambrequines, o cintas que se anudaban sobre el casco para sujetar la cimera, fueron prendas que se tiñeron de distintos colores que más tarde tuvieron también un importante papel en la heráldica. Sobre la capucha acolchada antes citada se colocaba el almofar o camal, y por encima de este el bacinete o el yelmo, dependiendo del tipo de combate (el yelmo, mucho más pesado, era también más seguro).
Se fueron añadiendo otras partes que cubrían zonas específicas, como los guantes de cuero recubiertos de mallas o pequeñas piezas metálicas, así como medias y escarpines de mallas, codales y rodilleras, guardabrazos y quijotes, colocados todos sobre la cota. En definitiva, el caballero aparecía ante su enemigo con todas las partes visibles de su cuerpo cubiertas con planchas de acero salvo la parte inferior de los muslos y las nalgas, partes que quedaban protegidas por la silla y el cuerpo del caballo. Como puede imaginarse, quien podía permitirse el costoso lujo de una armadura rara vez iba a pie.
Además de la armadura de placas se utilizaron otros dos tipos durante los siglos XIV, XV y principios del XVI, sobre todo para aquellos combatientes que no se podían permitir el lujo ya citado de poseer una armadura completa de placas, reservada para los guerreros más nobles e importantes. Para quienes no lo eran se fabricaron dos clases distintas de armaduras: la jacerina (muy empleada en la Europa oriental), que consistía en laminas de metal unidas a un traje interior de paño; y la brigantina, que invertía el orden de estos elementos, ya que las láminas iban remachadas dentro de un jubón de brillantes colores, rematado con tachones de cabezas labradas y doradas. Este tipo de protección fue muy habitual en España e Italia.
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