LA ESPADA Y TOLEDO
(Fuente : Artesanos de Toledo)

Julián del Rey, "el Moro", uno de los artesanos más sobresalientes en el quehacer espadero español fue mahometano y después cristiano. Trabajó primero en Granada al servicio del Islam y más tarde en Toledo, sirviendo al Rey Católico, su señor, a partir del último tercio del siglo XV.

Todo parece indicar que "el Moro" instalara su taller en la calle de las Armas, como todos los espaderos, cerca del zoco según pedían las reglas de las comunidades de oficio, a fin de que fuesen mejor vigiladas las calidades y normas de fabricación y venta, facilitando así la labor del veedor y supervisor de la comunidad. Por otra parte, la constitución de los gremios ayudó al empeño de los Reyes Católicos de organizar un Estado, ya que, a través de ellos, se hacía más fácil el control de impuestos y de contribuciones.


Por estas o por otras razones, Felipe II atiende después la solicitud de los espaderos toledanos y, cuidando mucho que nadie saliera perjudicado con ello, propone se junten en Consejo Abierto los regidores jurados y oficiales de la ciudad "para que platiquéis" acerca de estas ordenanzas. A estas conversaciones destinadas a ver si el contenido de las ordenanzas es justo y conveniente, son llamados los espaderos toledanos Juan de Roa, Francisco Hernández y Alfonso Sánchez, quienes prestan después juramento diciendo que conocen las ordenanzas y que son muy útiles y provechosas y que nadie harán daño, declarando también que las penas marcadas son justas y no excesivas.

Recibido este informe, confirma el rey las ordenanzas, las cuales se conservan en el Ayuntamiento de Toledo, que constan de diecisiete artículos y que se pueden resumir en los siete puntos siguientes: posesión de tienda; nombramiento de veedores y examinadores; exámenes de espaderos; normas para impedir fraudes; previsión social o socorros mutuos; solidaridad y mutuo apoyo: y, por último, sanciones.

De estas primeras ordenanzas que serían reforzadas en octubre de 1622 por Felipe III y más tarde, en 1776, por la Sociedad Económica de Amigos del País, recogemos el punto correspondiente a exámenes de espaderos que consistía en: "Saber amolar una espada refrendada. Sacar una punta quebrada. Sacar unas mellas y acicalarlas. Hacer una vaina de cuero liso y un puño de hilo. Guarnecer un montante con vaina y puño de cuero de reclamo. Guarnecer un estoque de armas y tres esquinas de cuero blanco regido de cuatro cabos. Guarnecer una espada con vaina de terciopelo de cuchillos y daga con puntos de seda. Guarnecer un cuchillo de cazador de monte con tres cuchillos y un martillo y en la misma pieza un puño de redecilla de flecos.

Hacer una espada jineta para un juego de cañas con sus correones de una vaina de terciopelo llana" Eran espaderos los que habían hecho las ordenanzas, está claro. Daban por hecho que todos sabían forjar, dar los temples y revenidos en su punto, unir a la calda, hacer almas de hierro, hacer mesas y vaceos... era el trabajo cotidiano de todos.

Querían no hacer fácil el examen y recurrieron a temas sofisticados, que, si bien eran lo menos importante en el oficio, sí sería cosa que no todos sabrían hacer: manejar el cuero, el hilo, el terciopelo, la seda, las redecillas de flecos, y, cosa importante por aquellas fechas, hacer una espada jineta para juego de cañas. La perfección de la forja de la espada la trajo a Toledo Julián del Rey, el Moro, por el año 1478. A pesar de la natural inclinación de los artesanos a guardar sus secretos, podemos pensar que transcurrido un siglo desde este hecho hasta la redacción de las ordenanzas (1577), los métodos de fabricación de esta espada se habían infiltrado en otros talleres, pero aún no eran demasiado conocidos.

Pero volvamos a la toledana calle de las Armas a la que imaginamos bañada de un olor especial por los aceites y los sebos de los revenidos, y de un singular ruido producido por el tintineo de los martillos sobre los yunques y por el silbar de las hojas al rojo vivo al entrar en el agua; y por el ajetreo de caballeros discutiendo de taller en taller por el precio de su espada; y por las conversaciones de los espaderos para acordar las bases de las ordenanzas de su gremio, en las que se recogieron las normas para que sus espadas fuesen las mejores del mundo. Entre tanto, las exigencias de la buena calidad de la espada se hacían más necesarias. El arma defensiva había vuelto a dar su largo paso por aquellos años.

El procedimiento empleado normalmente para endurecer el acero era hasta entonces el temple. Sin embargo, un temple fuerte producía un acero muy duro que podía resultar quebradizo y expuesto a saltar en pedazos; para evitar esto se le sometía al revenido a fin de distender sus moléculas y quitar acritud al acero. Se sabía que si se daba el temple fuerte y el revenido suave la espada quedaba quebradiza;

Si templaban suave y revenían fuertemente les podía quedar una hoja de espada que, si bien no quebraba, sí podía quedárseles doblada o perder el filo al chocar con la armadura del contrario. Era preciso, pues, dar con la adecuada solución. Había que conseguir una espada cuyo acero fuese capaz de cortar cascos y corazas sin que sus filos saltaran ni doblara su hoja. Que fuese fuerte y dúctil al mismo tiempo.